El peor ingrediente para el relato de la crisis es el fantasma de la corrupción. Es cierto –ahora y siempre- que cuatro sinvergüenzas no representan un partido que cuenta con miles de personas decentes unidas por las ideas.
Por esta razón es más incomprensible, más hiriente y más indignante la opacidad. La fortaleza del sistema democrático reside en la transparencia. La buena gobernanza que permite la fiscalización de los diversos poderes sólo esencialmente dignos cuando tienen límites.
Adjudicar reiteradamente la realización del stand de Fitur a la misma empresa más cara que la competencia al tiempo que es la organizadora de la campaña electoral del PP no parece fruto de la casualidad. Sobre todo cuando en las grabaciones el capo de la empresa susodicha da por hecha la concesión días antes en medio de una conversación sobre la cuestión electoral partidaria. Tampoco es extraño que suene a arbitraria la decisión de otorgar 13 licencias de televisión terrestre digital a un señor del PP de Castilla-León ahora imputado al que además le otorga la Generalitat la concesión de un hospital de gestión privatizada.
Podríamos seguir con la retahíla porque las zonas de sombra se expanden entre las tinieblas. El silencio y la descalificación del contrario, del mensajero o del juez no ayudan. O es que a alguien le puede parecer razonable no dar la información a los diputados que legítimamente la demandan?
Si todo tiene explicación que se dé, porque cada minuto que pasa es ya tarde. Y eso, amigos oyentes, no es una buena noticia para nadie.
En tiempos difíciles, se necesitan gobiernos cargados de autoridad moral para liderar la travesía en el desierto.
Las sombras son sólo generan negritud y ahogan la esperanza, son el maldito cáncer de la democracia.

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