De las perversas consecuencias que provoca un entorno de recesión, resulta especialmente significativo el incremento de la economía sumergida.
Quizás Franns Riller no maneje demasiado el concepto pero sí ha sufrido sus efectos. Franns hasta hace una semana trabajaba más de 12 horas en un horno de Real de Gandia para sobrevivir en tiempos de incertidumbre. Sin papeles, sin contrato, sin elección el inmigrante colombiano era una presa fácil para alguno de los desaprensivos que transforma necesidad en aumento del negocio.
Un fatal accidente de trabajo que le ha supuesto su grave minusvalía para toda la vida, ha sido la triste espoleta que ha hecho estallar el escándalo en unas circunstancias propias del mundo de Charles Dickens. Abandonado a las puertas del hospital sangrando a borbotones luchaba en soledad por vivir mientras su brazo ya compartía el contendor con la basura del barrio.
El caso de Franns Rilles transparenta la turbia realidad de la economía sumergida. Unos mal autodenominados empresarios aprovechan la coyuntura para mejorar el balance a costa de gente honrada que necesita el trabajo.
Es el sueño de la desregulación, la ley de la selva que, a la mínima, cuando nos despistamos, reaparece con toda su crudeza.
Esta crisis ha desnudado ante el público a muchos grandes codiciosos que disfrutaron de burbujas financieras o inmobiliarias, pero también a los peores emuladores que en el almuerzo del bar sientan cátedra y esconden sus deleznables vergüenzas.

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